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No
hace mucho, Margaret Thatcher cuestionó el derecho de las personas gay
a existir. Tras su tercer victoria consecutiva, ironizó en una
conferencia del Partido Conservador (1987), que “a los niños que se
les está enseñando a respetar los valores morales tradicionales, también
se les enseña que tienen el derecho inalienable de ser gay”. En
aquellos días, los Tories [conservadores] solían ganar elecciones y
eran felices siendo anti-gay. Actualmente es difícil que ellos mismos
voten por su partido, incluso Oliver Letwin, Secretario del Interior
[shadow home secretary] en el Partido Conservador, ha admitido, si bien
en el estudio del programa Today: “Reconocemos que las parejas gay
sufren de algunos ultrajes prácticos”, pero no por mucho tiempo,
Olly.
A
pesar de los mejores esfuerzos de la dama de hierro, la población gay
británica está a punto de alcanzar un hecho histórico: la igualdad
ante la ley. El ritmo del cambio es asombroso. En apenas unos meses,
hombres y mujeres gay han ganado el derecho a un tratamiento igual en
las leyes de adopción y de renta de inmuebles [tenancy], el servicio de
procuración de justicia de la Corona ha anunciado una caída en los crímenes
por homofobia, y el lord canciller ha nombrado al primer juez de corte
superior que es abiertamente gay: Adrian Fulford.
El
próximo año, la iniciativa de reforma a la ley sobre ofensas sexuales,
promovida por David Blunkett, derogará una seria de medidas que
discriminaban a los hombres gay. En el verano, el gobierno iniciará
consultas sobre su plan de instaurar un registro de sociedades civiles
[civil partnership register] destinado a parejas del mismo género. Y
antes de fin de año, las obligaciones de Gran Bretaña bajo el artículo
13 del Tratado de Amsterdam, de derogar toda discriminación que existe
en base a la orientación sexual, obtendrá forma legal.
Lo
único que restará es la Sección 28 [section 28], esto es, la medida
que prohíbe a las autoridades locales “promover la homosexualidad”
y a la que la Sra. Thatcher estaba haciendo referencia en el discurso señalado
con antelación. Esa sección también desaparecerá como resultado de
las próximas elecciones, asumiendo que el gobierno no se retracte como
ocurrió en la elección más reciente.
Todo
arreglado. No
hay de qué preocuparse. Tanto ha cambiado que alguien (del bando
contrario) me dijo recientemente, y de la forma más seria: “Pensaba
que la homofobia ya no era un asunto.” Si todo fuera tan simple. El
otro día, en la calle, un carro se detuvo a mi lado, bajaron el vidrio,
escupieron en mi dirección, y continuaron su camino. Ahora esto puede
significar nada, pero no me dejó una sensación agradable. No importa
que ahora me sienta menos temeroso, o cuánto siento que pertenezco a mi
medio, nunca puedo olvidar que soy diferente. Existen una miríada de
pequeños detalles que me recuerdan cada día que soy gay. Cuando la
viejita de la casa de al lado me pregunta si ya tengo novia, no le digo
que no tengo esa inclinación. Podría hacerlo, pero esto cambiaría
nuestra relación y no estoy seguro de querer ese tipo de desconcierto e
inseguridad a la puerta de mi hogar.
La
gente habla con frecuencia de salir del clóset como si esto fuera una
ocurrencia única-en-la-vida. Pero una vez que has expresado en palabras
“Tengo algo que decirte...”, se asume que jamás deberás volver al
asunto. Lo opuesto es cierto, pues casi todos los días uno se pregunta
si vale la pena o no decir algo. El amor que no se atreve a decir su
nombre es, en el mejor de los casos, el amor que sabe cuándo mantener
la boca cerrada.
La
igualdad legal hace una diferencia nimia. Pregúntate a tí mismo –y
se darán puntos por honestidad– ¿Cómo te sentirías si tu hijo o
hija, tu padre o tu madre, dijeran “Tengo algo que decirte...”? ¿Te
sentirías diferente, ahora que sabes que el delito de tener relaciones
sexuales anales [buggery] será abolido? Yo creo que no.
Es
hasta que exista un escenario en donde no sea necesario hacer la
pregunta, donde se me habría ocurrido que somos verdaderamente iguales.
Las nuevas disposiciones legales marcarán, eso espero, no tanto el fin
de la batalla política como el inicio de la lucha cultural. De alguna
manera necesitamos encontrar maneras de normalizar la homosexualidad, o
remover los vestigios del temor y odio. Tal vez la manera de hacerlo es
realizando lo que Thatcher nos detuvo: promover la homosexualidad.
La
abolición de la Sección 28, cuando venga, será lo más dulce, pues
una pieza legislativa tan mal redactada, con tan poca visión,
inefectiva (no ha habido un solo litigio), y sin embargo, ha impedido
que los adultos tengamos una conversación sensible con los niños y con
los adolescentes sobre la homosexualidad. Y eso, más que nada, es lo
que más necesitamos el día de hoy.
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Colin
Richardson fue editor de la revista Gay Times
CDRedit@aol.com
“Britain’s homosexuals are winning the legal
battle - but the cultural fight will be even harder”, Colin
Richardson, The Guardian, Dec. 27. http://www.guardian.co.uk/comment/story/0,3604,865279,00.html
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