Niñas y niños abofeteados
Diego Cevallos
MÉXICO, 28 feb (IPS) - Faustina, indígena
de nueve años, abandonó la escuela primaria en la capital de México en
2003, pues era objeto de burlas por sus dificultades con el español y por
la vestimenta indígena de su madre.
Ahora se esconde detrás de las piernas de su padre
mientras éste toca el acordeón en la calle por unas monedas.
”Ya no voy a la escuela, pues no tratan bien allí, se burlan de una y
mejor no voy”, dijo Faustina a IPS. El padre, algo molesto, relata la
llegada con su familia a la capital en 2001, procedente del septentrional
estado de Oaxaca, para buscar trabajo.
”¿Me das una moneda para un taco (tortilla de maíz)?”, repite
cientos de veces mientras improvisa melodías en su acordeón. Pegada a él
su hija, cuya pequeña talla desmiente sus nueve años, ríe nerviosa.
Son dos personas en un millón de náhuatls, mixtecos, zapotecas y
mazahuas, entre otras etnias, que viven en la capital mexicana de nueve
millones de habitantes. Unos 340.000 aún hablan sus propias lenguas.
La mayoría son pobres, trabajan en los empleos peor remunerados y sufren
el desprecio de una ciudad donde la palabra ”indio” (por indígena) es
usada como insulto.
Unas 4.500 niñas y niños indígenas de seis a 12 años criados en sus
idiomas maternos no van a la escuela, señala un estudio de la no
gubernamental Asamblea de Migrantes Indígenas, que vela por los derechos
de los nativos en la ciudad.
”Somos muchos (indígenas), pero no todos vivimos de la caridad y
estamos asilados de nuestras comunidades y cultura”, explicó a IPS
Larisa Ortiz, una de las portavoces de la Asamblea.
Ortiz, hija de indígenas, recuerda que muchos de sus hermanos de etnia
viven en comunidades creadas dentro de la ciudad.
Estudios oficiales indican que hay barrios y vecindades (conjuntos de
departamentos) habitadas exclusivamente por nativos que emigraron o que
nacieron en la ciudad, en las que mantienen vivas muchas de sus costumbres.
La Asamblea de Migrantes apoya esas manifestaciones y reclama a las
autoridades el respeto a derechos indígenas como el sostenimiento de sus
formas de organización y cultura, educación multilingüe y pluricultural,
medios de comunicación propios y voz y voto ante medidas que los afecten.
Faustina no tiene la suerte de conocer esos derechos. Vive lejos de los de
su etnia, en un cuarto que sus padres rentan en el centro histórico de la
ciudad.
”Y no voy a la escuela (pública), pero quizá regrese luego”, afirmó.
Con sus pocas palabras en español explicó las burlas de las que fue
objeto junto con su madre, por vestir ”como en nuestro campo”.
”Sí, se reían y hablaban cuando me iba a ver (mamá), así que mejor
nos salimos” relata.
Hay cientos de casos así, reconoció Ortiz. Los indígenas son tratados
con desprecio, hacen los trabajos ”más sucios y pesados” y sufren
pobreza, abundó.
Noventa por ciento de las mujeres que trabajan como empleadas domésticas
en la capital son de origen indígena, igual que la mayoría de los albañiles
y hurgadores y recicladores de residuos.
Aunque el distrito federal tiene nueve millones de personas, en el
conjunto de la zona urbana habitan 20 millones.
En una población de 105,3 millones de habitantes, 10 millones son indígenas,
de los cuales 60 por ciento hablan lenguas nativas, según los últimos
datos del Consejo Nacional de Población.
Pero la influencia indígena es mucho mayor, según estimaciones que
colocan la proporción de mestizos en 60 por ciento del total de mexicanos.
Cifras oficiales estiman que 75 por ciento de la población indígena no
ha terminado la enseñaza básica (lo que duplica la proporción nacional)
y más de 30 por ciento es analfabeta, tres veces el promedio nacional.
Veinticinco por ciento de los alumnos de cuarto grado del país dominan
las habilidades de lecto-escritura, proporción que cae a ocho por ciento
entre los estudiantes indígenas.
La deficiencia de talla por edad afecta a 73,2 por ciento de niñas y niños
indígenas, 22,7 por ciento más que el promedio nacional, y la
prevalencia de desnutrición en menores de cinco años es de casi 60 por
ciento.
La esperanza de vida es de 73,2 años para los indígenas y de 76,2 para
el resto del país.
”Las niñas y los niños indígenas sufren los más altos índices de
disparidad y vulnerabilidad que cualquier otro grupo en México, la mayoría
de ellos viven en la pobreza y entre ellos se evidencian altos índices de
desnutrición y analfabetismo”, aseguró un estudio del Fondo de las
Naciones Unidas para la Infancia.
Para las niñas como Faustina la situación es aún peor.
El analfabetismo entre las mujeres indígenas mayores de 15 años alcanza
en ciertas zonas pobres del país a 87,2 por ciento.
Sólo 8,9 de las mujeres aborígenes cuentan con alguna instrucción
posterior a la escuela básica contra 15,8 por ciento de hombres.
México firmó, junto al resto de la comunidad internacional, las Metas de
Desarrollo del Milenio en septiembre de 2000.
Esa plataforma, adoptada por la Asamblea General de la Organización de
las Naciones Unidas, contiene objetivos precisos para abatir la
desigualdad y reducir la brecha de desarrollo entre ricos y pobres.
Una de las metas básicas es la universalización de la enseñanza
primaria y el acceso equitativo de niñas y niños a la educación, con
plazo en 2015.
Faustina tiene la esperanza de regresar a la escuela. Por ahora, su padre
acordeonista sostiene que lo mejor para ella es acompañarlo a pedir
limosna.
(FIN/2005)
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