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Amig@ de Enkidu:
La vez anterior compartíamos cual es mi concepción de Dios. Ahora
vamos a pensar un poco en algunas otras cuestiones sobre este asunto.
El Mysterio del que hablábamos es trascendente.
Para comprender a qué me refiero, cito un poema de Gregorio Nacianceno,
un teólogo y místico cristiano de los primeros siglos de nuestra era, él
lo explica de modo sublime:
Oh, tú, que estás más allá de todo,
¿no es esto todo lo que se puede cantar de ti?
¿Qué himno te dirá?
¿Qué lenguaje te dirá?
Ningún nombre te expresa,
¿a qué se unirá el pensamiento?
Superas toda inteligencia,
Eres el único indecible
Pues todo lo que se piensa ha salido de ti.
* * *
Todo lo que permanece, permanece por ti,
Por ti subsiste el universal movimiento
De todos los seres.
Tú eres el objetivo.
¿Cómo podría nombrarte?
A ti, al que no se puede nombrar.
¿Qué espíritu celeste dirá tu nombre?
Ten piedad,
Tú, el que está más allá de todo.
¿No es esto todo lo que se puede decir de ti?
Esto en la Biblia se resalta con la idea de santidad. Santidad (Kadosh)
en la Biblia no significa bondad o perfección moral, sino que tiene el
sentido de trascendencia ontológica. Es decir, Dios se define como Kadosh porque NO ES como las criaturas, porque no vive como
nosotros, porque no actúa como nosotros, porque no existe al modo que
nosotros existimos.
Cuando la Biblia dice que Dios es “tres veces santo” quiere decir
que hay una distancia infinita entre el modo de ser de Dios y el modo de
ser humano, que Dios y nosotros somos como la energía y la materia (luego
volveremos sobre este asunto)
Más, si los seres humanos y Dios no nos parecemos, si estamos alejados
ontológicamente, si somos como el día y la noche, ¿cómo puede haber
una relación entre nuestra espiritualidad y Dios? ¿Cómo afirman las
personas que han hecho experiencia de Dios? ¿Y cómo dicen las religiones
que son caminos para llegar a Dios? Veamos.
Existe en la gran tradición de la iglesia
cristiana, una corriente llamada teología negativa o apofática
que ha sido propia, más bien, de Oriente.
Ante la experiencia del Mysterio que llamamos Dios, esta teología
reconoce su limitación para pensar, sistematizar y siquiera hablar de lo
que ha logrado captar:
El Misterio no
tiene forma ni nombre. Y aunque a veces le damos nombres, éstos no se
aplican en sentido estricto. Cuando le llamamos Uno, Bien, Inteligencia,
Ser en sí, Padre, Dios, Creador, Señor, no le damos propiamente un
nombre.
(Clemente de Alejandría)
En Occidente se dio la teología positiva
o catafática. Esta corriente, tras haber captado algo del Mysterio
que llamamos Dios, usa la razón, el lenguaje y la sistematización para
compartir lo que había logrado captar ya que:
El
Misterio no constituye una realidad que se
oponga al conocimiento. Es propio del misterio el ser conocido. Pero también
es propio del misterio seguir siendo misterio en el conocimiento. Ahí
reside la paradoja del misterio. Él no es el límite de la razón.
(Leonardo Boff)
De la síntesis de estas dos corrientes de pensamiento, los creyentes
sabemos que Dios es Trascendente, Mysterio (en este sentido no podemos
conocer nada de Dios EN sí mismo) pero que también es Inmanente,
Mysterio revelado (en este sentido podemos conocer algo de Dios: lo que
Dios hace, el modo como Dios se manifiesta PARA nosotros)
La frase es de Martín Lutero. Ante las discusiones intelectuales sobre
Dios en la Edad Media, Lutero quiso resaltar que esas discusiones académicas
no servían de nada al pueblo sencillo que experimentaba a Dios a veces
por caminos distintos a los oficiales. Así que creó el Quid
pro me, quid pro nobis, es decir, ¿qué tiene que ver, de qué sirve,
qué hay de Dios para mí, para nosotros?
Aquí no nos vamos a meter en rollos sobre teorías de lo que Dios es EN
sí mismo (que si uno, que si múltiple, que si trinidad...) no porque no
haya qué decir o porque eso no sea importante, sino para conservar la
universalidad de este rincón de espiritualidad.
Sí vamos a hablar, en cambio, de los modos en los que hay experiencias
de Dios PARA nosotros y en las formas en las que esas experiencias se
concretan.
¿Me acompañas la próxima ocasión?
Gracias
J.
Álvaro Olvera I.
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